En este artículo, exploraremos el entorno de crecimiento y los sujetos involucrados.
Hablemos de los entrenadores.
El artículo explora cómo la dimensión emocional y relacional del entorno deportivo convierte al entrenador en una figura clave para la seguridad interna, la motivación y la resiliencia del joven deportista. Partiendo de la teoría del apego y la psicología del deporte, se presentan directrices concretas para entrenadores y padres.
La teoría del apego describe cómo los seres humanos buscan figuras que ofrezcan protección, consuelo y una “base segura” desde la cual explorar el mundo. Bowlby planteó que el niño desarrolla “modelos operativos internos” sobre sí mismo y los demás según la calidad del cuidado recibido, mientras que Ainsworth identificó estilos de apego como seguro, ansioso y evitativo.
En el contexto deportivo, varios estudios muestran que el entrenador puede llegar a cumplir funciones típicas de apego —proximidad, refugio en momentos de estrés y base segura para explorar retos—, especialmente cuando la relación es cercana, estable y emocionalmente disponible. Cuando el joven deportista percibe que su entrenador es accesible, le protege y le anima a probar sin humillación, aumenta su sensación de seguridad, su motivación autónoma y su disposición a aprender de los errores.
Investigaciones sobre el vínculo entrenador–deportista indican que un apego más seguro se asocia con mayor motivación intrínseca, mayor implicación y mejor bienestar subjetivo del atleta. Cuando el entrenador actúa como base segura —disponible, alentador y predecible—, el niño afronta los entrenamientos como un espacio donde es posible equivocarse, probar soluciones nuevas y asumir desafíos sin miedo constante al juicio.
Este clima de seguridad relacional refuerza también las necesidades psicológicas básicas de autonomía, competencia y relación descritas por los modelos motivacionales contemporáneos, lo que a su vez sostiene la persistencia, el disfrute y el compromiso a largo plazo con el deporte. En cambio, un vínculo marcado por inseguridad, crítica constante o distancia emocional tiende a asociarse con más ansiedad, peor ajuste psicológico y, en algunos casos, mayor riesgo de abandono deportivo.

La manera en que el entrenador se comunica se convierte en uno de los principales “vehículos” de esta base segura. Un estilo de comunicación que combina claridad técnica con calidez, respeto y escucha empática se relaciona con mayor confianza del deportista y mejor calidad de la relación. El feedback que enfatiza el esfuerzo, la estrategia y la mejora, en lugar de centrarse únicamente en el resultado o en la comparación con otros, favorece una mentalidad de crecimiento y reduce el perfeccionismo desadaptativo.
Diversos autores señalan que el feedback emocionalmente sensible —que reconoce las emociones del atleta, normaliza la dificultad y ofrece caminos concretos de mejora— contribuye a que los jóvenes interpreten el error como información y no como prueba de falta de valía personal. Además, cuando el entrenador modela una buena regulación emocional (gestiona su propio enfado, frustra menos, mantiene la calma bajo presión), ofrece al niño un ejemplo directo de cómo manejar los estados internos en situaciones competitivas.
La frustración forma parte inherente del deporte infantil: derrotas, banquillos, errores visibles, cambios de rol en el equipo. Estudios sobre influencias sociales en el deporte muestran que el apoyo emocional del entrenador —a través de motivación, feedback y asesoramiento— está vinculado a un mayor compromiso y a una menor probabilidad de abandono. Cuando el niño encuentra en su entrenador un espacio donde sus emociones son escuchadas y orientadas, se fortalece su capacidad para tolerar el malestar y seguir implicado.
La relación de apego entrenador–deportista también se ha relacionado con estados de “thriving” (sentirse con vitalidad y en aprendizaje) y con un mayor engagement en entrenamientos y competiciones, especialmente cuando el vínculo es suficientemente seguro y se combinan retos con apoyo. Esta combinación de exigencia y sostén emocional permite que las experiencias difíciles —un fallo decisivo, una racha de malos resultados— se conviertan en oportunidades para consolidar resiliencia y no solo en fuentes de vergüenza o retirada.
La evidencia disponible sugiere que pequeñas intervenciones relacionales, repetidas en el tiempo, pueden tener un impacto significativo sobre la seguridad emocional y la resiliencia del joven deportista. Por ejemplo, establecer rituales breves de conexión antes y después del entrenamiento, formular el feedback con una estructura que combine validación, reconocimiento de lo conseguido y propuesta concreta de mejora, o enseñar al niño a usar un autodiálogo más compasivo después del error contribuye a consolidar una base segura interna.

Integrar en la práctica deportiva momentos específicos para hablar de emociones, revisar cómo se ha gestionado un partido difícil y planificar juntos la siguiente oportunidad de aprendizaje, ayuda a que el joven atleta se perciba no solo como “resultado”, sino como una persona en desarrollo. A largo plazo, este tipo de acompañamiento relacional —basado en la teoría del apego, la comunicación empática y la normalización de la frustración— favorece no solo el rendimiento, sino también la salud mental, la confianza y la capacidad de afrontar retos dentro y fuera del deporte.
En la misma línea, distintos trabajos recientes en psicología del deporte han reforzado la idea de que el entrenador no solo cumple una función técnica, sino también un rol profundamente formativo en el plano emocional y motivacional del joven deportista. En una revisión bibliográfica, Foresto (2022) analiza cómo el entorno que rodea al niño o adolescente —incluyendo a la familia, los compañeros y, en especial, al entrenador— influye en la permanencia en la práctica deportiva, en la motivación y en el bienestar psicológico. El entrenador aparece como una figura jerárquica clave, tanto por su presencia cotidiana como por el papel de modelo que inevitablemente desempeña. Su manera de liderar, de comunicarse y de gestionar el clima emocional del equipo incide directamente en cómo los jóvenes interpretan el deporte, el error y su propio valor personal (Foresto, 2022).
Los estudios revisados muestran que los estilos de liderazgo más democráticos y transformacionales —que combinan claridad en los objetivos, sensibilidad interpersonal, apoyo y construcción de confianza— se asocian con mayores niveles de esfuerzo, compromiso, adherencia al entrenamiento, orientación al aprendizaje y disfrute. Estos hallazgos son coherentes con estudios que destacan la importancia de la calidad de la relación entrenador–deportista para el bienestar y la motivación, situándola en el centro de la efectividad del coaching (Jowett, 2017; Mageau & Vallerand, 2003). En estos contextos, los niños perciben que el foco está puesto en el proceso y en la mejora personal, lo que reduce la presión ligada al resultado y protege la motivación intrínseca (Deci & Ryan, 2000).
Por el contrario, los estilos más autoritarios o excesivamente centrados en la comparación social tienden a generar climas orientados al ego, donde el objetivo principal es rendir “más que los demás”, incrementando el estrés psicológico y afectando la vivencia emocional del deporte (Rocchi & Pelletier, 2018). Un hallazgo particularmente relevante para el deporte infantil es que la calidad de la relación entrenador–deportista influye de manera directa en la permanencia o el abandono deportivo (Foresto, 2022).
Cuando los jóvenes se sienten escuchados, respetados y apoyados, muestran mayor compromiso a largo plazo, una percepción más sólida de competencia y un sentido de pertenencia más fuerte al equipo. En cambio, relaciones frías, críticas o inconsistentes pueden erosionar progresivamente la motivación. Esto refuerza la necesidad de que los entrenadores se formen no solo en técnica, sino también en psicología del deporte, liderazgo, comunicación y comprensión del desarrollo evolutivo (Vella et al., 2013).
Estas conclusiones van en consonancia directa con la idea del entrenador como “base segura”, coherente con los planteamientos del apego (Bowlby, 1988). Al combinar exigencia y sostén emocional, el entrenador facilita la exploración, la tolerancia al error y la construcción de resiliencia. Así entendido, el entrenador no es únicamente un instructor de habilidades motrices, sino también un agente de desarrollo humano que ayuda a los niños y adolescentes a crecer dentro y fuera del campo de juego.
A partir de todo lo desarrollado, podemos proponer algunas orientaciones prácticas para entrenadores y familias que acompañan procesos deportivos infantiles y juveniles:
- El niño necesita sentirse seguro para aprender. Su valor no debería depender únicamente del resultado deportivo.
- El error es parte natural del proceso. Nunca debería convertirse en motivo de humillación, burla o desvalorización.
- El feedback más efectivo combina calidez emocional y claridad técnica. Reconocer el esfuerzo y señalar caminos concretos de mejora protege la motivación.
- El entrenador enseña también con su conducta emocional. Su manera de gestionar frustración, enojo y presión se convierte en un modelo para el niño.
- Las pequeñas rutinas relacionales generan pertenencia. Saludar, escuchar, cerrar los entrenamientos con breves reflexiones y validar emociones después de partidos difíciles promueve calma y confianza.
- Las familias pueden acompañar sin invadir. Interesarse por la experiencia vivida más que por el marcador favorece una relación saludable con el deporte.
- Es clave reforzar el esfuerzo, la constancia y el aprendizaje. No solo el rendimiento o el resultado inmediato.
- Coherencia entre entrenador y familia. Utilizar mensajes similares respecto al valor del proceso, el error y la mejora reduce ansiedad y confusión.

Gracias a todos los que nos siguen y nos hacen preguntas interesantes. Cada respuesta y cada intercambio es una semilla para el crecimiento de todos nosotros. Nos vemos pronto con noticias emocionantes.
Referencias
Bowlby, J. (1988). A secure base: Parent-child attachment and healthy human development. Basic Books.
Deci, E. L., & Ryan, R. M. (2000). The “what” and “why” of goal pursuits: Human needs and the self-determination of behavior. Psychological Inquiry, 11(4), 227–268. https://doi.org/10.1207/S15327965PLI1104_01
Foresto, W. M. (2022). El papel del entrenador en el desarrollo del deportista a largo plazo: Revisión bibliográfica. EmásF, Revista Digital de Educación Física, 13(77), 42–51.
Jowett, S. (2017). Coaching effectiveness: The coach–athlete relationship at its heart. Current Opinion in Psychology, 16, 154–158. https://doi.org/10.1016/j.copsyc.2017.05.006
Mageau, G. A., & Vallerand, R. J. (2003). The coach–athlete relationship: A motivational model. Journal of Sports Sciences, 21(11), 883–904. https://doi.org/10.1080/0264041031000140374
Rocchi, M. A., & Pelletier, L. G. (2018). How coach behaviours are related to athletes’ motivation and well-being: A self-determination theory perspective. In C. Knight, C. Harwood, & D. Gould (Eds.), Sport psychology for young athletes (pp. 50–61). Routledge.
Vella, S. A., Oades, L. G., & Crowe, T. P. (2013). The role of the coach in facilitating positive youth development: Moving from theory to practice. Journal of Applied Sport Psychology, 25(1), 77–95. https://doi.org/10.1080/10413200.2012.725703